lunes, 14 de marzo de 2016

Eva

- ¿Dígame? -dijo Eva contestando al teléfono.

Aquella joven estudiante no podía imaginarse que su vida estaba a punto de dar una vuelta completa en unos pocos minutos y con una simple llamada telefónica. Al parecer, todo su trabajo, esfuerzo y dedicación, acompañados de una buena ración de talento innato y mucha insistencia, por fin daban lugar a un buen resultado.

Desde que ya tenía la suficiente fuerza como para sujetar un lápiz, Eva se había llevado toda su vida dibujando. Al principio solo se veían garabatos sin pies ni cabeza o, al menos, así lo era para los que la rodeaban, ya que en su mente todo cobraba sentido.

Eva fue creciendo, al igual que lo hacían sus habilidades artísticas. Aquellos paisajes ideales con casitas geométricas, soles en las esquinas del folio y personajes formados con un par de círculos y líneas habían evolucionado a dibujos de cualquier temática con trazos sutiles llenos de pasión.

La joven terminó el colegio y entró en el instituto donde, en su segundo año como alumna ejemplar, conoció a una profesora de Plástica que la incentivó todavía más a dibujar. Ella le proponía probar cosas nuevas como el óleo, el carboncillo o las pinturas acrílicas, pero Eva estaba completamente enamorada de su lápiz, sus perfiladores negros y sus rotuladores de la marca Edding.

Aun así, aunque su profesora y algunas de sus amigas la apoyasen constantemente diciéndole que debería dedicarse a ello, no todos estaban de acuerdo. Muchos de sus otros profesores le decían que estaba equivocada, que esa carrera no la llevaría a ningún sitio; así que le aconsejaban que estudiase algo con más salida laboral, pues habría sido una pena desperdiciar su gran cerebro solamente para dedicarlo al arte. Eva se sentía confusa. No sabía si escuchar a su corazón y tomar el camino que más le gustaba, aunque eso pudiese tener algunos riesgos; o decantarse más por lo que le decía su cerebro y escoger la decisión más sensata, aunque esta no fuese su favorita.

Cuando llegó la hora de elegir optativas, Eva se encontró en un gran aprieto. Era una buena estudiante y quería seguir siéndolo, pero su amor por el arte la llamaba a gritos. Además, ser una persona bastante indecisa no la ayudaba demasiado. ¡No sabía qué hacer!

Finalmente y tras mucho pensarlo, decidió meterse en la rama de Ciencias Tecnológicas, aparentemente la más difícil de todas y la que más salida laboral solía tener.

Eva pasó un buen año, pues tenía unos compañeros magníficos y unos profesores estupendos; pero no se sentía del todo a gusto. Las cosas como la formulación química, la lógica booleana o los sistemas de inecuaciones eran divertidas en su opinión; pero no lo suficiente como para llevarse toda la vida haciéndolas. Además, todos los días tenía que oír, al menos una vez, los mismos tópicos de siempre: los alumnos de Ciencias son más inteligentes que los de Letras, las carreras de Ciencias son mejores, los alumnos que escogen Ciencias lo hacen porque piensan estudiar algo parecido en el futuro… Todo aquello la sacaba de quicio.

Eva volvió a terminar una etapa para empezar otra: Bachillerato, donde, una vez más, había que elegir un tipo concreto de asignaturas.

Entonces, Eva se acordó de aquella profesora que tuvo hace unos años: aquella profesora que tanto le ayudó con su sueño; aquella profesora que le proponía probar cosas nuevas como el óleo, el carboncillo o las pinturas acrílicas, aunque ella no le echase demasiada cuenta; aquella profesora que era una de las únicas personas que la entendía.

Así que, por primera vez, Eva se dejó llevar por lo que le dictaba su corazón. Retomó sus dibujos, aquellos que eran trazos sutiles llenos de pasión. Eligió entrar en el Bachillerato de Artes, donde en muy poco tiempo olvidaría todo lo dado el curso pasado, esas cosas relacionadas con el álgebra y los circuitos lógicos.

Y todo esto nos lleva hasta la misteriosa llamada telefónica. La persona que estaba al otro lado de la línea era el director de una de las Universidades más importantes del país, que se ponía en contacto con Eva para ofrecerle una beca en la carrera de Bellas Artes, ya que éste había visto algunos de los trabajos de la joven en Internet -sobre todo en un blog que ella misma había creado para subir su propio contenido-. No solamente iba a entrar en aquella Universidad, tal y como ella había soñado, ya que echó la matrícula hace un tiempo; sino que también lo haría gratis, gracias a su talento en la materia.

Años después, Eva encontró un trabajo donde se dedicaría a crear el storyboard de muchas películas, aunque eso no significase que no siguiese dibujando por su cuenta. A pesar de todo, por fin se animó a empezar a usar cosas como el óleo, el carboncillo o las pinturas acrílicas, aunque continuase prefiriendo sus propios métodos.

Finalmente, para concluir la historia, me gustaría deciros que yo soy esa Eva. Escribo esto para demostraros que no siempre el cerebro tiene la razón, pues si nunca le hiciésemos caso al corazón, la vida no tendría sentido.

Yo sé que, por todo el mundo, hay muchas más Evas. Evas con un sueño escondido debajo de la almohada, que no se atreven a revelar, que finalmente terminarán optando por elegir su cerebro y dejarán sus sueños flotando en el aire.

En el mundo necesitamos a más gente como la profesora de Plástica. Personas entusiastas, con esperanza, que sueñen y crean en los sueños de los demás.

¿Un consejo? Si hay algo en la vida, por mínimo que sea, que realmente os llene de felicidad, no dudéis en seguirlo. Cualquier cosa a la que le pongáis esfuerzo y pasión puede tener una salida.

El cerebro no es tan listo como pensáis...

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