martes, 20 de octubre de 2015

Un martes cualquiera

Me desperté como una mañana cualquiera, tras escuchar el irritante sonido del despertador de mi móvil. Fui a abrir las cortinas para que entrara la luz del sol a mi habitación, y entonces lo vi: un día precioso en la ciudad de Madrid donde una débil brisa otoñal dejaba caer las hojas y bailaba con los árboles de una forma elegante. Parecía un martes cualquiera, uno de esos días en los que no iba a suceder nada relevante, uno de esos días que coincidían con la rutina de siempre.

Volví a mi cuarto para preparar las últimas cosas antes de que todo se pusiera en marcha. Cogí de mi armario blanco el conjunto que más usaba: mis vaqueros preferidos, la sudadera roja con dibujos que Sara me regaló por mi cumpleaños y el par de deportivas azules que compré con mis ahorros y tanto me costó conseguir.

Fui al baño y me miré en el espejo. No era la misma. Aparentemente sí, pues seguía teniendo las mismas pecas por las mejillas, la misma nariz respingona, los mismos ojos pardos y almendrados y los mismos labios rosados y finos. Pero en el fondo ya no era como antes. Esa mañana de un martes de otoño iba a dar comienzo una nueva etapa de vida, seguramente bastante importante.

Tras lavarme la cara y cepillarme un poco mi cabello largo y oscuro, me dirigí a la cocina para desayunar. Pero el tazón de cereales con leche, donde ya casi se veía el fondo, fue interrumpido por una llamada que procedía de mi teléfono móvil.

-          ¿Sí? –pregunté, creyendo saber quién estaba al otro lado de la línea.
-       ¿Alicia? –contestó una voz masculina y bastante grave- ¿Estás ya lista? El avión despega en dos horas, así que tienes que salir en menos de quince minutos para estar allí a tiempo. ¿Cómo vas?
-          Lo sé, Marcos, lo sé. Relájate un poco. Todo está bajo control.
-          Ya, bueno… Si algo puede salir mal…
-     Sí, sí, saldrá mal. Ley de Murphy. Lo pillo –dije suspirando-. No te preocupes. Acabo de comerme algo, tengo la maleta cerrada y todo preparado. Solo falta que salga de aquí.
-          Oye, Alicia. ¿Sabes que esto es importante?
-          Claro que lo sé.
-          No te olvides el sobre. Y comprueba que no está vacío.
-          ¡Marcos! ¡Que sí! –exclamé un poco desesperada.
-          Vale vale. Luego te veo.
-          Venga, aaadiós… -dije colgando la llamada por fin.

Dejé el bol y la cuchara en el fregadero. Ya los limpiaría cuando volviera, si es que lo hacía. Cogí la maleta, el sobre del que Marcos me habló (comprobando antes, como me dijo, que no estaba vacío) y me dirigí hacia la puerta. Me di la vuelta. Miré atentamente hacia todo el apartamento, para quedarme con el más mísero detalle de todo lo que había en él. Quizás no iba a volver, así que por lo menos quería recordarlo. Me volví y apagué la luz. Tras cerrar la puerta con llave, me fui.

4 comentarios:

  1. Con eso de haber dejado el bol y la cuchara sin fregar seguramente, a la vuelta, puedas hacer una secuela de Antz (Hormigaz) jejeje
    ¡Qué turbio ha sonado ese "no te dejes el sobre"! jejeje
    ¡Muy buena entrada!
    ¡Un abrazo allá donde estés (no sé si el contenido es real o no, no sigo desde hace tanto el blog jejeje)! :)

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    1. Mmm, me lo apunto, jejeje. ¡Muchas gracias!

      ¡Nos leemos!

      PD: No he entendido eso de que el contenido sea real o no...

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  2. Hmmm pues que creía que era una historia real jejeje
    Eso me pasa por no escuchar. Si ya me lo decía mi madre cuando me aconsejaba coger el abrigo y yo volvía a casa tiritando jejeje
    Pues nada, hagamos como que esta conversación nunca ha tenido lugar jejeje

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