viernes, 3 de julio de 2015

A veces, me gustaría ser una pluma

A veces, me gustaría ser una pluma. Una pluma blanca y grande, suave y ligera. Me gustaría ser una pluma para poder volar, para ser libre e independiente, para ver cada pequeño escondrijo que esconde el mundo y que me está esperando para ser descubierto, para sentir ese cosquilleo cuando me balancee en el aire y sienta que voy a caerme, para ser llevada por el viento allá donde solo los pájaros pueden llegar.

También podría ser un pájaro, ahora que lo pienso. Un pájaro está constantemente volando y conociendo lugares nuevos. Pero un pájaro necesita comer, relacionarse, reproducirse, etc; mientras que una pluma, lo único que necesita para vivir, es el viento.

El viento... Qué gran invención hizo la madre Naturaleza, ¿verdad? La de cosas que el viento es capaz de hacer. El viento puede hacer atrocidades como destruir viviendas o deshojar árboles, pero qué infinidad de cosas buenas puede hacer el viento... Gracias al viento tenemos esas pequeñas brisas de primavera que nos avisan de que el invierno ya ha terminado y de que las flores y los animales vuelven a aparecer; gracias al viento existen las olas, pues éste es capaz de mover cualquier mar u océano; gracias al viento tenemos que recogernos el pelo cuando al salir de casa nos topamos con una ráfaga y ésta nos despeina por completo; gracias al viento disfrutamos de esa cálida brisa de verano cuando salimos de paseo una tarde; gracias al viento, una pluma puede volar.

Por eso, a veces, me gustaría ser una pluma. Para saber que ya está aquí la primavera al sentir su autóctona brisa; para ver el baile monótono de las olas del mar; para que yo, una pluma blanca y grande, suave y ligera, me despeine con una ráfaga; para sentir el calor al pasar por una brisa de verano... Y, sobre todo, me gustaría ser una pluma para poder volar.


Julia Trotamundos
29/06/2015

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