jueves, 4 de abril de 2013

"Memorias de..."

Aquí os dejo una pequeña historia inventada por mí que tuve que hacer como actividad en el colegio. Es el diario de un objeto. ¡Espero que os guste!



Querido Diario:
Soy un lápiz HB de madera negro y amarillo. Te explicaré mi vida...
Pasé mi infancia en un árbol, cuando yo era una pequeña ramita. Me llevaba muy bien con los árboles vecinos y con mi familia.
Un día, mientras hablaba con el vecino de arriba, sentí cómo el árbol se movía y temblaba. Poco después caí al suelo junto a las otras ramas que vivían en el árbol 13. Nos montaron en un gran camión y todos estábamos muy asustados. Nos adormecimos al perder parte de nuestra savia. Al despertarme era de noche y me encontré en una gran carpintería. No había nadie, no se oía nada aparte de nuestros gritos.
Por la mañana, vino un hombre con una gran sierra en la mano. Empezó a cortar rama por rama, hasta que el árbol quedó desnudo. Después, dividió las ramas en dos grupos: las pequeñas y finas las metió en una canasta, y las grandes se las dio a un grupo de hombres. El carpintero me cogió a mí la primera y empezó a afilarme con un cuchillo. ¡Qué horror! Yo ya era pequeña, pero ahora soy diminuta. Hizo lo mismo con las demás y nos transportó hasta un hombre con una bata blanca llena de pintura (seguro que era un pintor). Nos pintó rayas amarillas y negras con algunos detalles más. Entonces, me di cuenta. ¡Me iban a convertir en un lápiz! Al terminar nos puso en grupos de cinco en cajas de plástico y nos llevaron a una librería enorme.
Allí había mucha gente hablando, sobre todos niña. Una niña se acercó a mí y cogió la caja en la que estaba metida. Me llevó a su casa con el resto de lápices de la caja, la abrió y me utilizó. ¡Qué asco! Su mano sudorosa me abrazaba y al escribir, me apretaba sobre el papel como si le fuera la vida en ello. Fueron dos largas y cansadas horas. Después me guardó en un estuche oscuro y no lo abrió hasta la mañana siguiente. Me utilizó y a veces me afilaba con el sacapuntas. Vamos, lo único que falta es que me parta por la mitad. Esto iba ocurriendo días tras día, y siempre era igual. Aveces me cogía mucho o poco, y otras veces ni siquiera abría el estuche. Cada vez que me afilaba con ese horrible utensilio, me sentía más vieja. Pasó un año y yo solo medía 3cm. Me sentía cansada: ya no servía para nada. Un día de otoño, la niña que me compró se dirigió hacia mí y me tiró a la basura de su cuarto.
FIN

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